12.12.05

Me la he encontrado en un cuaderno en el que escribo a veces. Es de principios de curso (a finales de septiembre)

No hay nada de especial
en la palabra.
Todas, incluso las mas raras,
vienen de vuelta.
Escribir por ejemplo:
"tristes paraguas verdes
pasean por la alameda"
no es menos meritorio
que una noche
o "wan" noche (a lo vanguardista)
poblada de sartenes
pobres tristes y morenas.
¿Acaso tú penaras al leer mi pena?

En la noche de las letras
son las tres.
Las dos y cincuenta y cinco
me marca la muñeca.
Y cuento, del verbo contar,
al menos 1200
amantes y poetas,
con sus 1200 relojes
en la noche de las cuentas.

106 lloran, 10 bostezan,
por lo menos 15 usan el verbo besar.
Sólo uno la palabra silueta,
que en otro contexto
las seis, en un parque
con risas y manojos de bicicletas
rimaría con piruleta;
pero el reloj de luna
le fuerza la asonancia
y esa una
se decanta por ausencia.

No, no están amando.
No.
No estamos amando.
No somos, nosotros, los de los relojes, abrazo,
ni nudo de huesos
ni besos
ni espejos de ojos
ni rojos
labios
mostrando deseo.

Somos nada,
(soy nada)
en este refugio perverso.
300 usamos la palabra estrella,
la mitad agota el ingenio.
Vienes,
y venís,
no se de donde a las manos
no se de donde a los versos,
mientras esperamos
agotando lingüisticamente la esperanza
que alguna noche despertéis
con un dolor profundo y letrado
llenándoos el pecho.



Al absurdo de sufrir. Al absurdo de escribir porque se sufre. Al absurdo de ser y no saber porque se es.