Feliz año a todos que ya ha un mes que no escribo nah. Esto de tener un blog en mi space de msn me hace ser perezosa para con blogger :p
Pues hoy para resaltar el hiperbreve que los que me conoceis sabéis que es una modalidad que me apasiona pongo aquí este pequeño relato fruto de una mañana de sueño y un levantarme a las tres de la tarde. No se puede reflexionar tanto.
La diana
Se le notaba en las palabras, en los modos. Se le notaba en los ojos. Jugaba a lo fácil, a lo que daba resultado. Buscaba la posición mas acertada y ciego de ira lanzaba el dardo.
Era la primera vez que iba a los recreativos sin ella. La mesa de billar ya no se le antojaba un campo erótico y la barra de madera, a lo lejos, llena de whiskys empozoñados ya no era el sitio donde bebérsela entre miradas de complicidad.
Sin embargo los recreativos eran su vida. “Usted está afectado de una profunda ludopatía” le dijo una vez su confesor particular, y él en vez de desechar la idea argumento que el juego ennoblece al hombre, mientras esbozaba una sonrisa picarona.
Los dardos estaban bien. Arrojaba uno tras otro, con la fuerza desgarradora de las soledades de luto, las que corroen el alma poco a poco.
Yo lo observaba con la naturalidad de un mueble, de un adorno, de algo más. Observarlo amar me bastaba. Observarlo anhelar lo que perdió me hacia anhelar lo que yo perdí. Observarlo vivir me daba vida.
Y allí derroché la noche, con aquel absurdo disfraz de diana. Llorando en silencio a cada dardo, igual que él.
Me la he encontrado en un cuaderno en el que escribo a veces. Es de principios de curso (a finales de septiembre)
No hay nada de especial
en la palabra.
Todas, incluso las mas raras,
vienen de vuelta.
Escribir por ejemplo:
"tristes paraguas verdes
pasean por la alameda"
no es menos meritorio
que una noche
o "wan" noche (a lo vanguardista)
poblada de sartenes
pobres tristes y morenas.
¿Acaso tú penaras al leer mi pena?
En la noche de las letras
son las tres.
Las dos y cincuenta y cinco
me marca la muñeca.
Y cuento, del verbo contar,
al menos 1200
amantes y poetas,
con sus 1200 relojes
en la noche de las cuentas.
106 lloran, 10 bostezan,
por lo menos 15 usan el verbo besar.
Sólo uno la palabra silueta,
que en otro contexto
las seis, en un parque
con risas y manojos de bicicletas
rimaría con piruleta;
pero el reloj de luna
le fuerza la asonancia
y esa una
se decanta por ausencia.
No, no están amando.
No.
No estamos amando.
No somos, nosotros, los de los relojes, abrazo,
ni nudo de huesos
ni besos
ni espejos de ojos
ni rojos
labios
mostrando deseo.
Somos nada,
(soy nada)
en este refugio perverso.
300 usamos la palabra estrella,
la mitad agota el ingenio.
Vienes,
y venís,
no se de donde a las manos
no se de donde a los versos,
mientras esperamos
agotando lingüisticamente la esperanza
que alguna noche despertéis
con un dolor profundo y letrado
llenándoos el pecho.
Al absurdo de sufrir. Al absurdo de escribir porque se sufre. Al absurdo de ser y no saber porque se es.
Pues rebuscando en cds para llevarme a Sevilla ha aparecido "rondario" que es una obra que presenté a un concurso que consta de un prólogo con coplillas a modo de romancero sobre el trovar y tres bloques a los que dan nombres tres canciones dedicados a tres personas que me robaron un poquito de tiempo. Aquí pongo un trozo del tercer bloque. Los poemas que más significaron para mi, aunque sé, por gente que lo ha leido entero, que no son los mejores. Son los que más me gustan.
III
MIS NOCHES SIN TI
“Mi corazón en tinieblas te busca con ansia.
Rezo tu nombre pidiendo que vuelvas a mí;
Porque sin ti ya ni el sol ilumina mis días;
Y al llegar la aurora me encuentra llorando mis noches sin ti”
A Antonio; y a sus abrazos infinitos.
1. PercepcionesUn alma me ha hechizado
Las galerías de entrañas arbóreas
Que me recorren el pecho.
Y cuanto más lejos se va,
Mas profunda y bella la siento,
Anidando entre las raíces
De este bosque de otoño
Que me crece por dentro.
2. La dimensión de tu ausencia Mundo Ancho y calles pequeñas.
Es de noche en Santa cruz.
La luna baila en el cielo,
Las flores se acuestan.
Tus ausencias giran en el laberinto
De tiempo y piedra.
Sevilla...
Y el recuerdo del mar de tus ojos
Escuece en mi ceguera.
Sevilla...
Y la memoria de tus besos
Me ahonda el alma entera.
En Algún sitio, tu,
Terrenal y cierto
Bajo las mismas estrellas.
4.
Vertical,
como la lluvia, el tiempo.
Como los árboles,
Como los edificios mugrientos de un barrio pobre
Vertical tu ausencia
Alta, eterna;
Verticalmente inaccesible.
6. Maldigo noches
Cortas y meditabundas;
De cantos y alborozos.
Maldigo noches y las espero.
En la largura de una semana sin tu risa,
En la angustia profunda de las ausencias.
Maldigo las noches en las que
Mi tenacidad nos enfrenta, y tú,
Aun viviendo yo luchando por no tirar mis redes al mar de tus ojos
Vienes, etéreo,
Y me besas.
Maldigo noches.
8. ¿por qué no gritarlo?
Aquel ángel de ojos verdes me sonrió
Y besó los labios. ¿por qué no decirlo?
Aquel demonio de comportamientos esquivos
Hechizo mi alma mientras me sonreía
Y me daba a beber de su boca.
Y no vivo ya más que en el momento de que vuelvas,
Celestial o infernal,
Sonriendo;
Queriéndome besar.
12. El reloj de la sala
Avanzando solo.
Ya no lo acompaño
Hasta la cuesta del viernes.
“Llego el momento de olvidar”
y mientras recuerdo que te estoy olvidando,
pienso en mañana, Martes;
...sólo tres días ya para verte de nuevo
13. Infiernos No tiene fin
La espiral de tu mirada no tiene fin.
Pensar en ti y en cuan sencillo seria olvidarte
Pensar.. “días ya sin verlo”,
Hacer oídos sordos a las mil excusas que invento cada minuto para verte.
Y verte por casualidad
-una casualidad buscada- sonriendo,
mostrándome el fuego de tu risa,
y la calma de tus ojos.
¡Satán de corazones!
Y de nuevo yo, ardiendo en el infierno de las excusas.
17. Coplillas I.
Para que me oigas, moreno,
a veces tengo llanto de barco,
Y calman las olas de tus labios,
el naufragio de los míos oceánicos.
II.
Mi fe, mi credo, mi iglesia.
Amarra mis dedos a tus manos,
Y deja que ardan en tu evangelio
Las llamas de mi calvario.
III.
Ah! Moreno, Tu cuerpo codiciado,
Déjame impactar en las ondas de tu pecho
Tus manos! Correctas en su dulzor,
Lazarillas mías, de labios, de pieles, de cuellos
IV.
Deja caer tu noche
Sobre la horizontalidad de mi ombligo
Ven! duerme conmigo
Y hagamos juntos la noche.
V
Déjame ser tu, en este dormir profundo
Déjame respirarte, vivirte cierto,
Méceme en el vaivén de tus olas;
Dejemos que el amor nos haga por dentro
20. Besos de otoño Cae el año, y los días..
Y meditabundo arrojas besos maduros
Cubiertos de hojarasca de otros años.
Huye el año y tus besos
Como escapados de una jaula
Se posan en el nacer de mis labios.
Y yo dando el alma en cada gesto
Y tú todo tu otoño.
21. Algo pasó.
Un avecilla parduzca, quizás un grajo
Corto la cadena invisible que nos unía;
El extraño secreto que amarraba mi boca y tu deseo.
Algo paso.
E inexplicablemente,
Al igual que son inexplicables tus ojos oceánicos,
Yo dejé de verme en ti
Y tú de mirarme.
22. Lento, frío, muy frío;
En inquietante oscuridad.
Como un cuarto lleno de eco.
Como mi pecho con tu hueco horadándome la piel.
Las manos lerdas y absurdas,
( Nada renace ya de la palabra )
y solo tu vacío y mi desolación
tras la certeza del NO.
24. La muerte de ti. El fuego de tu indiferencia me abrasa
Las lindes del alma.
Ya los ríos de tus ojos
Al mirarme reflejan calma.
Tu ausencia ya no es aliento
Que empuje mi agua estancada.
Y En lo más profundo de mis vísceras
Hiriente anida la nada.
Ya no eres. Mi pecho calla.
Y mis manos temblorosas
Al perderte pierden el alma.
Y muere todo, hasta la palabra.
Pues ninguna frase que exista
Podrá decir cuanto me faltas
Pues un realto breve que ya está bien de tanto poema. Es ñoño pero es que ha sido mi cumple, ando de bajona.. esto ya se sabe, sale de dentro; de todas maneras me quedo con la nota de color de los pitucos.
A los pitucos y a Benedetti. A él
La otra
Fue poco a poco. Como un cáncer. Empezó por una apatía muda que me iba horadando lentamente como la gota de un grifo mal cerrado, siguió con un puñado de besos a pilas, con respuestas en la menor en vez de en si y de repente la terrible tormenta a chuzos de las excusas cayó sobre mí.
Lo conocí en una reunión de pitucos, en un caluroso final de julio. Yo había ido, como a todas las reuniones de pitucos que voy, con alguna amiga y la maleta cargada de risas y ganas de volar. Los pitucos tienen unas reuniones muy especiales que no todo el mundo entiende. Eligen sitios al azar. Puede ser en China, en un fiordo noruego o en Calatayud. Van pitucos de todas partes, altos, bajitos, viejos, jóvenes… llevan el traje de pituco oficial: una capa negra, una chaqueta color cielo y botitas con los tobillos de lana, y al cuello llevan un medallón en bronce con su nombre y su lugar de origen.
Es una tradición ancestral el ser pituco y las mujeres pitucas nunca estuvimos bien vistas. Sin embargo llevamos mucho tiempo recorriendo el mundo con ellos. Con nuestra capa negra, nuestra chaqueta cielo y botitas de tobillos de lana mas pequeñas. Los pitucos se reúnen para hacer desfiles de gorros, saltar al teje y beber ron miel. Estas tradiciones que parecen dispares tienen toda la lógica una vez que estás inmersa en ellas. Ser pituco se lleva en la sangre. Vas por la calle y todo te recuerda a un sombrero. Solo piensas en llegar a casa y hacer uno tal y como lo has imaginado en la puerta de los almacenes Duarte. Vas a Doña Manolita y esas extrañas pelusas que acumula detrás del mostrador te inspiran un gorro suave de nubes ancianas y grises. Vas… y vas… y vayas donde vayas todo te recuerda a un racimo de risas en los sitios más bonitos del mundo y a una lluvia de sombreros como recién sacados de un cuento infantil de Giani Rodari.
Aquella noche de viernes en Jaén saltamos al teje todos y bebimos mas ron miel de la cuenta. El suelo estaba lleno de sombreros y una pituca madrileña y yo nos abrazabamos con gesto de hijastras cuando llego él a la placita de los farolillos. Apenas recuerdo con quien venia porque yo me reía mucho de ver los sombreros tan infantiles que llevaban sus dos amigos pitucos, que tenían las quijadas largas como dos burros de prosodia decimonónica. Me sacó a bailar y esto es raro porque los pitucos no bailan como los príncipes y bailamos muchas horas. Bebimos mas ron miel y nos pusimos un sombrero de lana rosa gorda que tenia hilos esmaltados colgando a modo de peluca y un amigo rojo como una amapola nos hizo una foto. Entonces me lo dijo: Eres la pituca más bonita del mundo. Y entonces hubo besos como los de las películas, cuajados de romanticismo y de público. Eres la niña más bonita del mundo.
En verdad esta escena, que he hecho pasar por mi cabeza de manera casi obsesiva, era algo mas pobre. Creo incluso que la pituca de Madrid nunca me abrazó. Pero me lo dijo: eres la niña más bonita del mundo. Y me miraba con unos ojos tan grandes, tan hondos y tan vivos que nadie habría imaginado que la mentira los hubiera podido comprar.
Todo lo demás fue frenetismo por algo que no debió suceder. Los pitucos tienen una gracia especial a la hora de hablar y es de mujer sabia ir precavida para las palabras y elogios que puedan decirte. Yo, que llevo rodando junto a pitucos más de un quinquenio, ya les tenía pilladas las vueltas. A veces, cuando me sentía muy sola los dejaba dormir en mi cama y esa noche, en ese ratito soñaba que tenía un pituco en mi cama y no entre mis piernas.
Este pituco amaneció en mi cama. Y no se marchaba. Me levante, me miré en el espejo, miré el carnaval de ropa y noche que había sobre el suelo del hotel y él estaba allí. Y mirándome de una manera fervorosa, con aquellos ojos tan traidores, me hacia gestos con las manos para abrazarme. Y cuando el corazón duele de dar abrazos por las mañanas en las camas vacías, estos abrazos saben a azúcar y a canela. Y le destape la sabana de mi vida por la esquinita, con la mirada en otro sitio pero con el pecho esperando a que se metiera dentro, le abrí la puerta antes incluso de que él se decidiera a llamar, pues mi casa y mi cama tenían la necesidad de gritos y de mimos. De cenas y abrazos.
Tres veces nos vimos, contando la noche de los farolillos y nos amamos como un matrimonio longevo y profundo. El amaba mis silencios y mi risa que se adivinaba. Yo amaba su silueta de bruma y su actitud pueril. Hablábamos de pitucos, siempre de pitucos. Y en la cama, cuando llegaba la cama, amábamos todo lo amable que quedaba aun en este mundo terrenal.
La cuarta de las veces llegó tarde. Vino herida, con la mirada extraña y cargada de silencios como navajas. Selló todas las puertas de su casa con silicona y a gritos, por los cristales me decía mientras lloraba que ya no era la niña más bonita del mundo.
Y fue como un terremoto, como una ola de mar rabiosa o como una avispa, que llega inevitable y destroza el puzzle que has hecho poquito a poco con cariño y paciencia.
Me vendió la moto de la amistad y destrozamos la poquita magia que nos quedaba entre “cuídate” y “te echo de menos” por supuesto los primeros suyos y los segundos míos.
Entonces es cuando la mente, como por un mecanismo intrínseco busca los porqués. Todas las mentes buscan aunque a veces los dueños no lo sepan. Su apatía muda me horadaba. Recordaba sus ultimas conversaciones y el mundo se me volcaba derramando cestos de lilas, jazmines y rosas. Sus últimos besos empozoñados, cubiertos de una sospechosa escarcha cortés me llevaban inevitablemente a la tremenda lista de excusas que fue poco a poco vertiendo mientras yo , en mi cuarto de luna y luz soñaba son su silueta de bruma y su actitud pueril.
La vida nos cruzó un par de veces, los pitucos están predestinados a volver a verse me decía siempre él, y tenía endurecidos los ojos hasta el extremo opuesto de la filantropía. Estaba erguido, con cara de otros y su sonrisa era esbelta. Le colgaba del brazo un extraño aderezo que llamaban Carmela, que era rubia como yo no era, y era un manantial de bravura y risas. El tiempo hacia suposiciones sobre mi olvido y mi fortaleza. Era tanto tiempo… ¿quien podía acordarse de una plaza con farolillos y de la pituca más bonita del mundo?. Cuanto más la miraba mas recordaba su voz en la menor y sus excusas para aplazar el vernos.
De otra, fue de otra… y que ella triunfara me dolía más que el engaño. Hubo otra mujer y no me lo supo contar con su voz de caramelo y sus ojos de melancolía. Ella era la niña más bonita del mundo. Me falló, aun cuando yo pensaba que éramos un matrimonio longevo y encadenado. Había pasado ya tanto tiempo que ni siquiera parecía lógico pensar en antaño. Pero cuando el corazón duele de dar abrazos por las mañanas en las camas vacías, la canela y el azúcar de otros años tiene más dulzor que nunca.
De otra, había sido de otra.
Pero de repente un día. En el mismo bar a donde van los pitucos, con la misma mujer colgada del brazo, bajo una lluvia de tristeza, la vida nos cruzó de nuevo con un miserable y protocolario “hola que tal”. Apartó a la rubia para preguntarme por el mundo y descubrí, congelada, un gesto de profunda familiaridad que me saco de mi incerteza. Una amiga de antaño común me dio la clave que nunca pude imaginar, pues tanto daño me hizo sus candados de silicona y su tormenta de excusas que asumí un rol de victima que se me quedaba grande en vanidad.
Un sencillo “feliz aniversario” sonriéndole a él y a la muñeca rubia me llevo al abismo de que la otra había sido yo.