A los pitucos y a Benedetti. A él
La otra
Fue poco a poco. Como un cáncer. Empezó por una apatía muda que me iba horadando lentamente como la gota de un grifo mal cerrado, siguió con un puñado de besos a pilas, con respuestas en la menor en vez de en si y de repente la terrible tormenta a chuzos de las excusas cayó sobre mí.
Lo conocí en una reunión de pitucos, en un caluroso final de julio. Yo había ido, como a todas las reuniones de pitucos que voy, con alguna amiga y la maleta cargada de risas y ganas de volar. Los pitucos tienen unas reuniones muy especiales que no todo el mundo entiende. Eligen sitios al azar. Puede ser en China, en un fiordo noruego o en Calatayud. Van pitucos de todas partes, altos, bajitos, viejos, jóvenes… llevan el traje de pituco oficial: una capa negra, una chaqueta color cielo y botitas con los tobillos de lana, y al cuello llevan un medallón en bronce con su nombre y su lugar de origen.
Es una tradición ancestral el ser pituco y las mujeres pitucas nunca estuvimos bien vistas. Sin embargo llevamos mucho tiempo recorriendo el mundo con ellos. Con nuestra capa negra, nuestra chaqueta cielo y botitas de tobillos de lana mas pequeñas. Los pitucos se reúnen para hacer desfiles de gorros, saltar al teje y beber ron miel. Estas tradiciones que parecen dispares tienen toda la lógica una vez que estás inmersa en ellas. Ser pituco se lleva en la sangre. Vas por la calle y todo te recuerda a un sombrero. Solo piensas en llegar a casa y hacer uno tal y como lo has imaginado en la puerta de los almacenes Duarte. Vas a Doña Manolita y esas extrañas pelusas que acumula detrás del mostrador te inspiran un gorro suave de nubes ancianas y grises. Vas… y vas… y vayas donde vayas todo te recuerda a un racimo de risas en los sitios más bonitos del mundo y a una lluvia de sombreros como recién sacados de un cuento infantil de Giani Rodari.
Aquella noche de viernes en Jaén saltamos al teje todos y bebimos mas ron miel de la cuenta. El suelo estaba lleno de sombreros y una pituca madrileña y yo nos abrazabamos con gesto de hijastras cuando llego él a la placita de los farolillos. Apenas recuerdo con quien venia porque yo me reía mucho de ver los sombreros tan infantiles que llevaban sus dos amigos pitucos, que tenían las quijadas largas como dos burros de prosodia decimonónica. Me sacó a bailar y esto es raro porque los pitucos no bailan como los príncipes y bailamos muchas horas. Bebimos mas ron miel y nos pusimos un sombrero de lana rosa gorda que tenia hilos esmaltados colgando a modo de peluca y un amigo rojo como una amapola nos hizo una foto. Entonces me lo dijo: Eres la pituca más bonita del mundo. Y entonces hubo besos como los de las películas, cuajados de romanticismo y de público. Eres la niña más bonita del mundo.
En verdad esta escena, que he hecho pasar por mi cabeza de manera casi obsesiva, era algo mas pobre. Creo incluso que la pituca de Madrid nunca me abrazó. Pero me lo dijo: eres la niña más bonita del mundo. Y me miraba con unos ojos tan grandes, tan hondos y tan vivos que nadie habría imaginado que la mentira los hubiera podido comprar.
Todo lo demás fue frenetismo por algo que no debió suceder. Los pitucos tienen una gracia especial a la hora de hablar y es de mujer sabia ir precavida para las palabras y elogios que puedan decirte. Yo, que llevo rodando junto a pitucos más de un quinquenio, ya les tenía pilladas las vueltas. A veces, cuando me sentía muy sola los dejaba dormir en mi cama y esa noche, en ese ratito soñaba que tenía un pituco en mi cama y no entre mis piernas.
Este pituco amaneció en mi cama. Y no se marchaba. Me levante, me miré en el espejo, miré el carnaval de ropa y noche que había sobre el suelo del hotel y él estaba allí. Y mirándome de una manera fervorosa, con aquellos ojos tan traidores, me hacia gestos con las manos para abrazarme. Y cuando el corazón duele de dar abrazos por las mañanas en las camas vacías, estos abrazos saben a azúcar y a canela. Y le destape la sabana de mi vida por la esquinita, con la mirada en otro sitio pero con el pecho esperando a que se metiera dentro, le abrí la puerta antes incluso de que él se decidiera a llamar, pues mi casa y mi cama tenían la necesidad de gritos y de mimos. De cenas y abrazos.
Tres veces nos vimos, contando la noche de los farolillos y nos amamos como un matrimonio longevo y profundo. El amaba mis silencios y mi risa que se adivinaba. Yo amaba su silueta de bruma y su actitud pueril. Hablábamos de pitucos, siempre de pitucos. Y en la cama, cuando llegaba la cama, amábamos todo lo amable que quedaba aun en este mundo terrenal.
La cuarta de las veces llegó tarde. Vino herida, con la mirada extraña y cargada de silencios como navajas. Selló todas las puertas de su casa con silicona y a gritos, por los cristales me decía mientras lloraba que ya no era la niña más bonita del mundo.
Y fue como un terremoto, como una ola de mar rabiosa o como una avispa, que llega inevitable y destroza el puzzle que has hecho poquito a poco con cariño y paciencia.
Me vendió la moto de la amistad y destrozamos la poquita magia que nos quedaba entre “cuídate” y “te echo de menos” por supuesto los primeros suyos y los segundos míos.
Entonces es cuando la mente, como por un mecanismo intrínseco busca los porqués. Todas las mentes buscan aunque a veces los dueños no lo sepan. Su apatía muda me horadaba. Recordaba sus ultimas conversaciones y el mundo se me volcaba derramando cestos de lilas, jazmines y rosas. Sus últimos besos empozoñados, cubiertos de una sospechosa escarcha cortés me llevaban inevitablemente a la tremenda lista de excusas que fue poco a poco vertiendo mientras yo , en mi cuarto de luna y luz soñaba son su silueta de bruma y su actitud pueril.
La vida nos cruzó un par de veces, los pitucos están predestinados a volver a verse me decía siempre él, y tenía endurecidos los ojos hasta el extremo opuesto de la filantropía. Estaba erguido, con cara de otros y su sonrisa era esbelta. Le colgaba del brazo un extraño aderezo que llamaban Carmela, que era rubia como yo no era, y era un manantial de bravura y risas. El tiempo hacia suposiciones sobre mi olvido y mi fortaleza. Era tanto tiempo… ¿quien podía acordarse de una plaza con farolillos y de la pituca más bonita del mundo?. Cuanto más la miraba mas recordaba su voz en la menor y sus excusas para aplazar el vernos.
De otra, fue de otra… y que ella triunfara me dolía más que el engaño. Hubo otra mujer y no me lo supo contar con su voz de caramelo y sus ojos de melancolía. Ella era la niña más bonita del mundo. Me falló, aun cuando yo pensaba que éramos un matrimonio longevo y encadenado. Había pasado ya tanto tiempo que ni siquiera parecía lógico pensar en antaño. Pero cuando el corazón duele de dar abrazos por las mañanas en las camas vacías, la canela y el azúcar de otros años tiene más dulzor que nunca.
De otra, había sido de otra.
Pero de repente un día. En el mismo bar a donde van los pitucos, con la misma mujer colgada del brazo, bajo una lluvia de tristeza, la vida nos cruzó de nuevo con un miserable y protocolario “hola que tal”. Apartó a la rubia para preguntarme por el mundo y descubrí, congelada, un gesto de profunda familiaridad que me saco de mi incerteza. Una amiga de antaño común me dio la clave que nunca pude imaginar, pues tanto daño me hizo sus candados de silicona y su tormenta de excusas que asumí un rol de victima que se me quedaba grande en vanidad.
Un sencillo “feliz aniversario” sonriéndole a él y a la muñeca rubia me llevo al abismo de que la otra había sido yo.
La otra
Fue poco a poco. Como un cáncer. Empezó por una apatía muda que me iba horadando lentamente como la gota de un grifo mal cerrado, siguió con un puñado de besos a pilas, con respuestas en la menor en vez de en si y de repente la terrible tormenta a chuzos de las excusas cayó sobre mí.
Lo conocí en una reunión de pitucos, en un caluroso final de julio. Yo había ido, como a todas las reuniones de pitucos que voy, con alguna amiga y la maleta cargada de risas y ganas de volar. Los pitucos tienen unas reuniones muy especiales que no todo el mundo entiende. Eligen sitios al azar. Puede ser en China, en un fiordo noruego o en Calatayud. Van pitucos de todas partes, altos, bajitos, viejos, jóvenes… llevan el traje de pituco oficial: una capa negra, una chaqueta color cielo y botitas con los tobillos de lana, y al cuello llevan un medallón en bronce con su nombre y su lugar de origen.
Es una tradición ancestral el ser pituco y las mujeres pitucas nunca estuvimos bien vistas. Sin embargo llevamos mucho tiempo recorriendo el mundo con ellos. Con nuestra capa negra, nuestra chaqueta cielo y botitas de tobillos de lana mas pequeñas. Los pitucos se reúnen para hacer desfiles de gorros, saltar al teje y beber ron miel. Estas tradiciones que parecen dispares tienen toda la lógica una vez que estás inmersa en ellas. Ser pituco se lleva en la sangre. Vas por la calle y todo te recuerda a un sombrero. Solo piensas en llegar a casa y hacer uno tal y como lo has imaginado en la puerta de los almacenes Duarte. Vas a Doña Manolita y esas extrañas pelusas que acumula detrás del mostrador te inspiran un gorro suave de nubes ancianas y grises. Vas… y vas… y vayas donde vayas todo te recuerda a un racimo de risas en los sitios más bonitos del mundo y a una lluvia de sombreros como recién sacados de un cuento infantil de Giani Rodari.
Aquella noche de viernes en Jaén saltamos al teje todos y bebimos mas ron miel de la cuenta. El suelo estaba lleno de sombreros y una pituca madrileña y yo nos abrazabamos con gesto de hijastras cuando llego él a la placita de los farolillos. Apenas recuerdo con quien venia porque yo me reía mucho de ver los sombreros tan infantiles que llevaban sus dos amigos pitucos, que tenían las quijadas largas como dos burros de prosodia decimonónica. Me sacó a bailar y esto es raro porque los pitucos no bailan como los príncipes y bailamos muchas horas. Bebimos mas ron miel y nos pusimos un sombrero de lana rosa gorda que tenia hilos esmaltados colgando a modo de peluca y un amigo rojo como una amapola nos hizo una foto. Entonces me lo dijo: Eres la pituca más bonita del mundo. Y entonces hubo besos como los de las películas, cuajados de romanticismo y de público. Eres la niña más bonita del mundo.
En verdad esta escena, que he hecho pasar por mi cabeza de manera casi obsesiva, era algo mas pobre. Creo incluso que la pituca de Madrid nunca me abrazó. Pero me lo dijo: eres la niña más bonita del mundo. Y me miraba con unos ojos tan grandes, tan hondos y tan vivos que nadie habría imaginado que la mentira los hubiera podido comprar.
Todo lo demás fue frenetismo por algo que no debió suceder. Los pitucos tienen una gracia especial a la hora de hablar y es de mujer sabia ir precavida para las palabras y elogios que puedan decirte. Yo, que llevo rodando junto a pitucos más de un quinquenio, ya les tenía pilladas las vueltas. A veces, cuando me sentía muy sola los dejaba dormir en mi cama y esa noche, en ese ratito soñaba que tenía un pituco en mi cama y no entre mis piernas.
Este pituco amaneció en mi cama. Y no se marchaba. Me levante, me miré en el espejo, miré el carnaval de ropa y noche que había sobre el suelo del hotel y él estaba allí. Y mirándome de una manera fervorosa, con aquellos ojos tan traidores, me hacia gestos con las manos para abrazarme. Y cuando el corazón duele de dar abrazos por las mañanas en las camas vacías, estos abrazos saben a azúcar y a canela. Y le destape la sabana de mi vida por la esquinita, con la mirada en otro sitio pero con el pecho esperando a que se metiera dentro, le abrí la puerta antes incluso de que él se decidiera a llamar, pues mi casa y mi cama tenían la necesidad de gritos y de mimos. De cenas y abrazos.
Tres veces nos vimos, contando la noche de los farolillos y nos amamos como un matrimonio longevo y profundo. El amaba mis silencios y mi risa que se adivinaba. Yo amaba su silueta de bruma y su actitud pueril. Hablábamos de pitucos, siempre de pitucos. Y en la cama, cuando llegaba la cama, amábamos todo lo amable que quedaba aun en este mundo terrenal.
La cuarta de las veces llegó tarde. Vino herida, con la mirada extraña y cargada de silencios como navajas. Selló todas las puertas de su casa con silicona y a gritos, por los cristales me decía mientras lloraba que ya no era la niña más bonita del mundo.
Y fue como un terremoto, como una ola de mar rabiosa o como una avispa, que llega inevitable y destroza el puzzle que has hecho poquito a poco con cariño y paciencia.
Me vendió la moto de la amistad y destrozamos la poquita magia que nos quedaba entre “cuídate” y “te echo de menos” por supuesto los primeros suyos y los segundos míos.
Entonces es cuando la mente, como por un mecanismo intrínseco busca los porqués. Todas las mentes buscan aunque a veces los dueños no lo sepan. Su apatía muda me horadaba. Recordaba sus ultimas conversaciones y el mundo se me volcaba derramando cestos de lilas, jazmines y rosas. Sus últimos besos empozoñados, cubiertos de una sospechosa escarcha cortés me llevaban inevitablemente a la tremenda lista de excusas que fue poco a poco vertiendo mientras yo , en mi cuarto de luna y luz soñaba son su silueta de bruma y su actitud pueril.
La vida nos cruzó un par de veces, los pitucos están predestinados a volver a verse me decía siempre él, y tenía endurecidos los ojos hasta el extremo opuesto de la filantropía. Estaba erguido, con cara de otros y su sonrisa era esbelta. Le colgaba del brazo un extraño aderezo que llamaban Carmela, que era rubia como yo no era, y era un manantial de bravura y risas. El tiempo hacia suposiciones sobre mi olvido y mi fortaleza. Era tanto tiempo… ¿quien podía acordarse de una plaza con farolillos y de la pituca más bonita del mundo?. Cuanto más la miraba mas recordaba su voz en la menor y sus excusas para aplazar el vernos.
De otra, fue de otra… y que ella triunfara me dolía más que el engaño. Hubo otra mujer y no me lo supo contar con su voz de caramelo y sus ojos de melancolía. Ella era la niña más bonita del mundo. Me falló, aun cuando yo pensaba que éramos un matrimonio longevo y encadenado. Había pasado ya tanto tiempo que ni siquiera parecía lógico pensar en antaño. Pero cuando el corazón duele de dar abrazos por las mañanas en las camas vacías, la canela y el azúcar de otros años tiene más dulzor que nunca.
De otra, había sido de otra.
Pero de repente un día. En el mismo bar a donde van los pitucos, con la misma mujer colgada del brazo, bajo una lluvia de tristeza, la vida nos cruzó de nuevo con un miserable y protocolario “hola que tal”. Apartó a la rubia para preguntarme por el mundo y descubrí, congelada, un gesto de profunda familiaridad que me saco de mi incerteza. Una amiga de antaño común me dio la clave que nunca pude imaginar, pues tanto daño me hizo sus candados de silicona y su tormenta de excusas que asumí un rol de victima que se me quedaba grande en vanidad.
Un sencillo “feliz aniversario” sonriéndole a él y a la muñeca rubia me llevo al abismo de que la otra había sido yo.

